viernes, 4 de septiembre de 2020

Acerca de la Feria del Libro de Lima y yo



Se había acabado el paseo escolar por el Parque de las Leyendas (el zoológico local) y los profesores a cargo nos dieron permiso para ir a nuestras casas. Era la 1 de la tarde y las clases solían terminar a las 2 así que tres de mis compañeros de aula (del segundo de secundaria) y yo decidimos aprovechar esa hora y perder el tiempo por los alrededores. Deambulando por las calles del distrito de San Miguel cruzamos la avenida La Marina y llegamos al centro de convenciones donde se realizaba, entre Julio y Agosto (período de fiestas patrias) la Feria del Hogar, evento que reunía juegos mecánicos, comida, música, en fin, una feria en el sentido más tradicional. El año era 1996, el mes no lo recuerdo y había un evento celebrándose pero no era la Feria del Hogar, era la Feria Internacional del Libro de Lima (o FIL resumiendo). Fue producto de la casualidad, no teníamos idea  de lo que estaba pasando pero el anuncio de que la entrada era gratuita fue suficiente motivación para que entráramos a curiosear. Esa es la palabra exacta, “curiosear”, porque ninguno de los 4, adolescentes de 13 y 14 años, teníamos mucho interés por la literatura por aquel entonces. Nuestro tranquilo recorrido hojeando libros ya iba por los 30 minutos hasta que uno de mis compañeros soltó un gritito lo suficientemente alto para que el resto de nosotros le prestáramos atención sin causar alarma alrededor. Volteamos a verlo y mis ojos, así como los del resto supongo, se encontraron de pronto con la fotografía de una rubia tetona y desnuda. Mi compañero tenía en las manos un libro cuyo título era Fanny Hill y como aquella foto tenía muchas más. Con mucho gusto nos hubiéramos quedado todo el tiempo necesario hasta memorizar todas esas imágenes pero el que cuidaba ese puesto de venta notó que algo raro estaba pasando, se nos acercó y con cara de culo nos preguntó: ¿puedo ayudarles en algo? Mi compañero devolvió el libro a su sitio, le respondió que nada, y nos fuimos, de ese puesto y de la feria, avergonzados y emocionados a la vez con la experiencia. Eran las 2 de la tarde.

Mi interés por la literatura crecería durante la secundaria y se haría definitivo en mis años en la Universidad Nacional de Ingeniería (o UNI para los amigos). Uno pensaría que literatura e ingeniería no tienen relación pero es que me fue tan mal ahí (malas calificaciones y sin amigos) que en mi búsqueda de algún paliativo la literatura resultó ser la ruta de escape ideal para mi mente. Eso me llevó a querer expandir mi biblioteca cuyos libros los podía contar con los dedos de una mano. Esta vez el destino estuvo de mi lado porque en paralelo el diario El Comercio comenzó a publicar semanalmente una colección de Literatura Peruana en una edición mucho más amigable para los bolsillos que las de librerías, ahorrándose un poco en la calidad del papel y la impresión e incluso en el arte de las tapas porque todas eran muy similares: solo una mezcla abstracta de colores, sin dibujos ni fotografías. Cualquiera podría confundirse con esas tapas y yo soy la prueba de ello. Tenía un grato recuerdo de mi lectura de “Un Mundo para Julius” en el colegio que el primer libro de mi lista a comprar de la colección (porque tampoco me iba a alcanzar la plata para comprar los 20 y tantos en total) fue “La Vida Exagerada de Martín Romaña” del mismo autor, Alfredo Bryce Echenique. Al momento de hacerlo, emocionado por ese pequeño paso para el hombre pero un gran paso para mi biblioteca, no revisé el libro que el vendedor del kiosko me entregaba luego de que yo le señalara lo que quería diciéndole nada más que “ese libro, por favor”. Llegué a mi casa, saqué el libro de su empaque y descubrí con gran decepción que por mi apuro había comprado “Los Últimos Días de La Prensa” de Jaime Bayly. Afortunadamente resultó ser una buena novela. Con mucho esfuerzo, y rezando para que  “La Vida Exagerada...” no se agotara, pude juntar las moneditas suficientes para comprarla una semana después. No tuve la misma suerte más adelante con “Conversación en La Catedral” de Mario Vargas Llosa. No tenía el dinero en sus días de salida y para cuando tuve la plata el libro ya había desaparecido de todos los kioskos.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con la feria? Pues que esos libros, en especial el de Vargas Llosa, se convertirían en los siguientes años en mi principal motivación para ir a la feria. El Comercio tenía ahí su puesto de venta y los libros de sus colecciones podían conseguirse a menor precio. Lamentablemente nunca encontraría “Conversación en la Catedral”, esa edición específica al menos, ni ahí ni en el stand de El Aleph, otro de mis favoritos, donde sólo vendían libros de segunda mano y que mucho contribuyó al crecimiento de mi biblioteca. Era todo un caso comprar ahí y en general en los puestos que ofrecían libros usados y baratos porque era donde la gente se acumulaba más y había que contornearse de formas inimaginables para pasar entre la gente sin incomodar a nadie. Claro que nunca faltaban los que te empujaban “educadamente” con un “permiso, por favor” de por medio. Tampoco faltaban los inamovibles que se tomaban todo el tiempo del mundo en revisar un libro dificultando el tránsito de las personas que de pie o en cuclillas hacían todo lo posible por buscar y encontrar sus libros más deseados. Son situaciones incómodas pero tienen algo de adrenalina que las hacen emocionantes también. Yo prefería mil veces estar “peleándome” con esas personas en vez de estar en la UNI sufriendo en clases en las que no entendía nada. Mi situación académica se me hizo tan insoportable al punto que empecé a faltar a clases y esas horas las pasaba recorriendo (cuando no había feria) librerías, supermercados, centros comerciales o cualquier lugar donde hubiera libros y los pudiera revisar con cierta tranquilidad (y evitando bibliotecas como tal porque hasta entonces mi experiencia con ellas había sido bien restrictiva: los libros permanecían ocultos, los títulos solo se podían consultar en bases de datos, y la burocracia correspondiente dificultaba más la cosas). Tres en total fueron mis semestres en la UNI antes de que saliera por la puerta trasera. La universidad San Martín fue mi siguiente destino.

La FIL también pasaría por cambios. El 2003 fue el último año que se realizó la Feria del Hogar y la del Libro pasó a ocupar su horario de fiestas patrias pero con un espacio reducido por la venta de la mitad del terreno para la construcción de un centro comercial. Pero la parte que daba hacia la avenida La Marina, o sea que la feria estaba en la parte posterior y había que caminar varias cuadras para llegar a ella dándole vuelta al recinto, o tomar el bus gratuito que los organizadores tuvieron la buena idea de poner a disposición del público: tomabas el bus en la avenida y en menos de 5 minutos ya estabas en la entrada de la feria en donde el ticket costaba ahora 1 sol. Fue durante esta época que por primera vez escuché y vi en persona a un escritor dar una conferencia sobre su oficio y de ese mismo escritor, Bryce Echenique, conseguiría un autógrafo también. Un par de años después sucedió lo inevitable y el resto del terreno fue vendido para la edificación de una residencial de departamentos y con ello vinieron los años itinerantes de la feria por los distritos de Surco y San San Borja, distritos que están mucho más lejos de mi casa que San Miguel por lo que se me hizo difícil asistir a esas ediciones. Igual no falté pero mi mente estaba en otra parte: se acercaba el fin de mi carrera universitaria, los estudios se volvían más intensos, y las preocupaciones por futuras opciones laborales hicieron que esos años en la feria fueran para mí nada memorables, y mi relación con la literatura se enfrió bastante en general. Menos horas dedicadas a la libros y más a encontrar trabajo parecieron dar fruto cuando el 2009 encuentro mi trabajo soñado y con mayor razón la literatura pasó a segundo plano. Más de un año después estaba desilusionado de mi trabajo soñado (hacer videojuegos es extremadamente difícil) y empeorando las cosas llevaba 27 años encima. Faltando tan poco para cumplir 30, edad en la que se supone uno ya debe tener las cosas claras, sentía una desorientación total.

La literatura se manifestaría otra vez como mi salvadora emocional y otra vez también mediante la FIL. Me enteré de casualidad que ese año, 2010, la feria se realizaría en el parque de Los Próceres y lo tomé como una buena señal porque podía ir a pie desde mi centro de labores. El día de la inauguración salí del trabajo a las 6:30 pm, llegué a la feria a las 7, pagué mi entrada que ahora era 5 soles y adentro, con unos minutos de recorrido, puede que la falsa sensación de no haber ido en años afectara mi percepción porque todo lo vi más grande: la cantidad de libros y el espacio. Hacía mucho que no me emocionaba así y mejor aún ahora que contaba con un sueldo que, sin ser estelar, me permitiría comprar más libros que antes. Si en el pasado en las 2 semanas que dura la feria compraba a lo mucho 5, aquel día regresé a casa con unos 10,  entre ellos otra edición económica de “Conversación en La Catedral” de El Comercio. O sea que en vez de buscar soluciones a mis problemas decidí ahogar mis penas en libros. Tal vez no fue lo correcto pero me ha hecho tanto bien la literatura esta última década que tampoco puedo arrepentirme del todo. Y es una pena que en el décimo aniversario de aquel evento la FIL 2020 tenga que ser virtual por la pandemia, aunque tengo que aceptar que desde hace un par de ediciones la magia se ha perdido un poco, y no por culpa de la feria sino mía, como consecuencia de haber “completado” mi biblioteca. Me refiero al hecho de haber logrado conseguir prácticamente todos los libros que alguna vez me hayan interesado leer. Por supuesto nuevos libros van a seguir apareciendo pero suelo comprar solo aquellos que hayan pasado la prueba del tiempo y ya se les pueda considerar clásicos. Tampoco es culpa de la feria la frustración creciente que he sentido los últimos años al no encontrar una respuesta satisfactoria a la pregunta que siempre resuena en mi cabeza al momento de pasear por sus instalaciones: ¿cuándo veré mi nombre en alguno de esos puestos de venta? Supongo que antes de eso primero tengo que escribir algo que valga la pena.


jueves, 23 de julio de 2020

Acerca de The Toy That Made Us



Ver The Toys That Made Us ha sido una especie de viaje a tiempos no vividos, aunque suene cursi decirlo así. Lo digo porque esta serie documental de Netflix acerca de juguetes clásicos menciona a varios que han sido contemporáneos a mi niñez pero con los que no pude jugar mucho porque ninguno fue de mi propiedad, no quedándome otra que atesorar los breves minutos en los que mis amigos me prestaban algunos de los suyos. No eran artículos baratos y en mi casa la plata era principalmente para las cosas básicas y esenciales, y los juguetes como que no encajaban en esas categorías, mucho menos los que estaban de moda, y ni hablar de originales; los poco que tenía eran de imitación.
Son hasta el momento 12 episodios, una franquicia por episodio, cada uno de 50 minutos, y no podía faltar el dedicado a los Lego, que mucha relación tienen con mis juguetes de imitación. Los que yo tenía se llamaban Playgos y con ese nombre cualquiera pensaría que se trataba de una copia pirata pero en verdad no era así. Entra las cosas que aprendí del episodio de Lego, a parte de provenir de Dinamarca, es que las patentes tienen tiempo de expiración y la suya, de bloques con ranuras y enganches para crear estructuras más grandes, ya expiró hace mucho así que ahora cualquier fabricante puede crear su propia versión. O sea que mis Playgos eran legales, y muy divertidos también, pero definitivamente no eran Lego. Es algo que noté cuando a Héctor, un vecino y amigo de mi niñez, un tío suyo que vivía en los Estados Unidos le envió un par de sets y al momento de hacer la inevitable comparación mis humildes y regordetes bloques palidecían ante los suyos más estilizados. Recuerdo que Héctor me decía que en cualquier momento se iba a mudar con la familia que tenía allá, en Estados Unidos, y que lo primero que iba a ser era enviarme unos Legos. Lamentablemente esa mudanza no sucedió sino hasta que ya pasábamos los 12 años, edad a la que los juguetes ya no llaman la atención. Igual yo sigo esperando ese envío…
Los que sí eran imitación de la mala eran mis muñecos de He-Man, otra de las franquicias que tiene su respectivo episodio, todos estos de estructura convencional, es decir, que se recorre cronológicamente la historia de cada producto, desde sus orígenes hasta su situación actual. Tuve un He-Man y un Squeletor cuyos nombres y colores no coincidían para nada con los de la serie animada y tenía que tener mucho cuidado al jugar con ellos porque algún brazo o pierna se les caía a cada rato y no fuera a pasar que esas partes terminaran por los aires y extraviandose para siempre.
Pero mi verdadera obsesión durante esos años fueron los Transformers, la primera generación. Llegaron a la televisión peruana a finales de los 80, fueron un boom de inmediato, salieron a la venta los juguetes, y todos tenían uno menos yo. Mi amigo Héctor tenía el suyo e incluso Sara, una compañerita del nido, también. Sin estar consciente de ello Sara estaba rompiendo con varios estereotipos, claro que eso tuvo como consecuencia que las otras niñas del nido, hartas de escuchar de Optimus Prime, Megatrón y compañía, no quisieran jugar con ella en los recreos, así que Sara jugaba con nosotros, los varones y nuestros juguetes de acción, y todos felices y contentos, especialmente yo porque ella me gustaba y terminó convirtiéndose en mi primer “crush”. Entonces a estas alturas es obvio que el primer episodio que vi de The Toys…  fue el de Transformers, y mi intención fue ver ese nada más pero me gustó tanto la mezcla de información con humor y el nivel de producción que me animé a ver otros sin seguir el orden numérico sino guiándome de mis preferencias. Y cuando acabé con los juguetes con los que tenía alguna identificación ya no paré hasta ver todos los episodios, incluso aquellos que no me despertaban inicialmente mucho interés y aún así la pasé muy bien aprendiendo sobre, por ejemplo, Hello Kitty y los Power Rangers.
En la actualidad no sé cómo será la relación de los niños con los juguetes teniendo en cuenta el avance de la tecnología. Ya desde la época de mi niñez (finales de los 80, inicio de los 90)  como que rápidamente empezamos a olvidarnos de los juguetes para concentrarnos más en los videojuegos (aparecía el Super Nintendo por aquel entonces), y ahora que existen los celulares, internet y otros medios de entretenimiento, no me quiero imaginar que andarán pidiéndole los niños a sus padres para cumpleaños y navidades. Preocupación que ya adulto y sin hijos no es la mía pero sí la de mi novia quien sabe que sí o sí en alguna celebración importante tiene que regalarme algún Transformer, y tal vez así, poco a poco, llegue a tener una colección digna de mostrar como las que aparecen en los créditos al final de cada episodio de The Toy That Made Us.


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miércoles, 20 de mayo de 2020

Acerca de Community



La pizza ha llegado, la puerta automática no funciona, alguien tiene que bajar las escaleras a recoger la entrega. El resultado del lanzamiento de un dado (de 6 lados) decidirá quién del grupo será el elegido, pero Abed advierte que eso quiere decir que están a punto de crearse 6 universos paralelos, uno por cada posible elegido que le toque recoger la pizza. Esa es la premisa del episodio “Remedial Chaos Theory”, la serie ya va por su tercera temporada y todavía sigue sorprendiendo, porque uno no imaginaría que “universos paralelos” sería uno de los temas de Community (2009 - 2015), una comedia de televisión que trata del día a día de 7 estudiantes de la universidad Greendale la cual en esencia es como cualquier otra.
Pero es la ideal para los que asisten a ella: alumnos, profesores y autoridades; todos “perdedores adorables” cuya mala suerte o pobres decisiones pasadas les impiden acceder a un sitio de mayor prestigio. De esos “perdedores” los más “adorables” son los estudiantes conocidos como “los 7 de Greendale”, un septeto de los más heterogéneo en cuestiones de edad, intereses y creencias. (De izquierda a derecha) Están la anarquista Britta Perry (28 años), quien vive preocupada por el abuso de poder de corporaciones y gobernantes. La dulce Annie Edison (18 años), la más estudiosa e inocente, siempre busca hacer lo moralmente correcto. El casi robótico Abed Nadir (24 años, mi personaje favorito), un fanático de la cultura pop quien no puede vivir sin relacionar lo que sucede a su alrededor con algo que haya visto en alguna película o serie de tv. El atlético Troy Barnes (19 años), crédulo y el más escandaloso cuando las cosas se salen de control. El sarcástico Jeff Winger (34 años), un abogado venido a menos, galán y líder nato. La maternal Shirley Bennet (38 años), ferviente cristiana, ama de casa y la única con hijos. Y el disonante Pierce Hawthorne (64 años), un millonario prejuicioso y de mentalidad controversialmente anticuada. Estas diferencias pondrán en riesgo más de una vez la integridad del grupo pero a su vez contribuirán al crecimiento personal de cada uno de ellos por lo que a la larga la amistad se impondrá sobre cualquier dificultad convirtiéndolos en una familia, aunque eso sí, bastante disfuncional. Es esta disfuncionalidad el motor de la serie, el catalizador para que partiendo de situaciones cotidianas escalen rápidamente a situaciones épicamente absurdas, en las que mucho tienen que ver también otros personajes secundarios, como el psicótico profesor de Español, Ben Chang, un ser de amistad o enemistad impredecible hacia el grupo; y el decano Craig Pelton, la mayor autoridad de Greendale que lejos de adquirir una aptitud que transmita miedo prefiere, cuando va a dar un anuncio importante, disfrazarse de algún personaje (preferiblemente femenino) que esté relacionado con sus comunicados.
La búsqueda de un lapicero perdido evoluciona en un encierro y en una guerra de acusaciones en una sala de estudio. La escasez de alitas de pollo frito en el comedor se convierte en un drama de gangsters y mafias. Una noche de pizza sirve de pretexto para explorar la influencia que un dado puede ejercer sobre el destino de cada uno... Son solo 3 ejemplos de lo que cada episodio (son más de 100) puede ofrecer, y si el tema de universos paralelos suena familiar para los fans de Rick And Morty es porque ambas series comparten creador, Dan Harmon. Y trabajando con él, como productores y directores de muchos episodios de Community, se encuentran los hermanos Russo, responsables en la actualidad de las películas de Avengers. Es una muestra del talento que está detrás de cámaras en donde destaca especialmente el trabajo de los escritores, que si bien es cierto que los finales de episodio pueden ser algo predecibles por sus discursos aleccionadores y moralejas incluídos, está más que compensando por lo intrincado e insospechado que puede ser el tramo intermedio de la historia entre los primeros minutos y los últimos, y por su humor meta (parodias, homenajes, rupturas de la cuarta pared) e irreverente. Todo gracias a la escritura la que también “salva” a aquellos episodios que no siendo tan buenos cuentan siempre con los diálogos e interacciones entrañables entre los personajes. Estos no tan buenos episodios, una rareza en las 3 primeras excelentes temporadas, son más comunes en las 3 siguientes en donde la calidad de la serie sufre altibajos debido a problemas de rating, conflictos entre ejecutivos, creadores y actores, y al alejamiento de la serie de personas claves.
Una razón extra por la que Community me gusta tanto es por la nostalgia que me produce al hacerme recordar mi época universitaria: los amigos, las salas de estudio, las tareas grupales, la convivencia dentro de las instalaciones de la facultad… claro que ya hubiera querido que mi tiempo en la universidad hubiese sido tan alocado como lo vivido por los estudiantes de Greendale.

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martes, 4 de febrero de 2020

Acerca de "Rayuela" de Julio Cortázar




Rayuela es Horacio Oliveira y Oliveira es el buscavidas más intelectual del mundo. Apenas tiene techo y comida pero su mayor preocupación está en satisfacer las necesidades de su intelecto, en París o en Buenos Aires (su ciudad natal), las dos capitales en las que reside y que queda registrado en las dos primeras partes de la novela, “Del Lado de Allá” y “Del Lado de Acá” respectivamente. Leído así, primero una parte y luego otra, capítulo tras capítulo siguiente, el lector tendrá toda la información suficiente sobre la historia de la novela pero su autor, Julio Cortázar, ya lo señala en la primera página que existe una segunda forma de lectura y anticipa que hay “más novela” pasada las tres pequeñas estrellas que simbolizan el “final”. Aquello adicional es la tercera parte, “De Otros Lados” que, para que no quede duda, el autor subtitula entre paréntesis como “Capítulos prescindibles”. Y sí que lo son si se piensa leerlos después de las partes que los anteceden: simplemente serían incomprensibles, porque tienen la función específica de entrelazarse con los capítulos de los dos primeras partes para complementarlas a modo de largos epígrafes o para añadirles más a la historia ramificándola y llevando al lector por caminos desconcertantes. Impaciente y aprovechando el “permiso” de Cortázar en mi primera lectura, cuando tenía 18, prescindí de esa tercera parte y me concentré en seguir solo la historia principal. Y quedé satisfecho. Ahora, 20 años después, la leí sin privarme de nada, como fue la verdadera intención de Cortázar, siguiendo el orden de capítulos que él, en la primera página, establece en su Guía de Navegación.
Pero Rayuela es también la Maga, novia de Oliveira en los tiempos de París algo que sorprende por la aparente falta de compatibilidad de caracteres. Mientras que Oliveira vive inmerso en sus dilemas intelectuales, las preocupaciones de la Maga son más terrenales y cotidianas por cuestiones de supervivencia, y más que por ella misma, por su bebé Rocamadour producto de una relación pasada. Igual la Maga mantiene el deseo de aprender de Horacio a la vez que ella se convierte en el ancla a la realidad que él, sin saberlo, necesita. Ese intercambio es la piedra angular de su relación lo que no significa que sea fácil; las diferencias entre ambos son obvias y se hacen más palpables cuando están los dos solos pero menos molestas rodeados de los amigos de Horacio que juntos se hacen llamar el Club de la Serpiente, en donde, reunidos en algún cuartucho parisino, bebiendo vino o mate, fumando centenares de cigarros y escuchando jazz, discuten temas “importantes”: artes, literatura, filosofía… Estas discusiones pueden poner en aprietos al lector porque le exigen reflexión y esto no es casualidad: un tema recurrente en esas reuniones es el análisis de los textos de Morelli, un escritor de culto, y en uno de esos textos el escritor señala su intención de escribir novelas que no sean asimiladas con una simple (pasiva) lectura de parte de lector sino que éste debe participar más. Y a medio camino entre las personalidades y ambiciones de la Maga y los miembros del club están Talita y Traveler, pareja de casados cuya vida humilde pero ordenada se ve alterada por el caos de su viejo amigo Horacio cuando regresa a Bueno Aires.
No es por gusto su título: Rayuela es un juego, la novela es un juego, pero por debajo de su estructura lúdica (párrafos entrecruzados, lenguaje inventado, la guía de navegación, etc.) está una base construida con las técnicas y herramientas de un magnífico narrador, y afortunadamente ese estado puro se manifiesta también por momentos en los que Cortázar deja de lado artificios y experimentos y desarrolla la historia con una narración tradicional, usando su voz o la de otros personajes  como en los eventos alrededor de un recital de piano (capítulo 23) o en la carta de la Maga a Rocamadour (capítulo 32). Los matices y sutilezas están ahí, escondidas tras una bruma que tal vez solo sea posible despejar del todo con varias relecturas que no deben tomarse como si se tratara de una pesada tarea académica sino como una promesa de que hay sorpresas por descubrir. Ya es cuestión de hallarles el tiempo suficiente a sus casi 600 páginas pero vale la pena.

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lunes, 14 de octubre de 2019

Acerca de Amazing Spider-Man Masterworks (y un poco de Batman: The Golden Age)




He sido fan de los personajes de cómics, ya sea Marvel o DC, desde niño, por los dibujos animados, películas y otros medios, pero nunca por los cómics en sí. Y no es que tuviera algo en contra de esa forma artística de contar historias, es que esas historietas (así solía decirles antes) no estaban al alcance de mi mano ya sea por disponibilidad en los kioskos, precio o incluso idioma. Afortunadamente desde hace unos meses he podido superar cada una de esas barreras y sumergirme de lleno en ese mundo partiendo de los orígenes de mis dos superhéroes favoritos, Batman y Spider-Man, y aunque el hombre murciélago es el primero en mi lista de preferencias, en este texto me enfocaré más en el arácnido porque basándome en lo que he leído hasta el momento sus primeras aventuras me han impresionado más.
Muchas personas, erróneamente, menosprecian el valor cultural o literario de los cómics por su supuesta facilidad de consumo. Pues en mi caso tengo que decir que asimilar este medio no me fue tan fácil. Acostumbrado a consumir historias a través de novelas y cuentos, en mis primeras lecturas de cómics mi concentración oscilaba entre el texto y las imágenes pero nunca lograba concentrarme en su conjunto y si bien era suficiente como para entender las viñetas, al final de cada capítulo terminaba con la incómoda sensación de estar dejando pasar mucho detalles. Nada grave o que me desanimara: unas cuantos relecturas fueron suficientes para ajustar mi ritmo y empezar a disfrutar la totalidad de cada número.
Específicamente me estoy refiriendo a dos series de colecciones masivas  que reúnen más o menos los primeros 100 de cada superhéroe: “Amazing Spider-Man Masterworks” y “Batman: The Golden Age”. Voy por el volumen 4 (de más de 10) de Masterworks y por el segundo (de más de 3) de Golden Age y como ya adelanté la ventaja se la está llevando Spider-Man y el factor clave de esa diferencia es su creador, Stan Lee. Si has escuchado a Stan Lee en los medios debes haber notado su forma de hablar, pues esas mismas pasión y emoción desbordante que solía demostrar en entrevistas están también presentes en su prosa. La energía de su prosa puede realzar y hacer interesantes las historias y viñetas más sosas pero cuando se trata de hitos en la vida y mitología de Spider-Man estos momentos, gracias a sus palabras, cobran una intensidad de lo más satisfactoria que las vuelven verdaderos acontecimientos. Y se me hace imposible que su voz no resuene en mi mente en especial luego de haber visto hace poco algunos episodios de Spider-Man and his Amazing Friends (una serie animada de inicio de los 80) en los que él mismo narra y establece en los primeros minutos el contexto de cada episodio. En la actualidad puede que las historias de Stan Lee parezcan “infantiles”; yo diría que fueron escritos para cualquiera con la suficiente inocencia o predisposición para permitirse el placer de asombrarse fácilmente.  Claro, también está el hecho que con el paso de las décadas la inocencia del público se ha ido perdiendo.
Tampoco se las puede calificar de historias superficiales porque poseen cierta complejidad y profundidad que se aprecia más luego de leer The Golden Age. Por un lado está la creación de un universo ficticio. Los primeros números de Batman parecen contener historias más o menos independientes entre sí en el sentido que no le exigen mucho al público estar muy al tanto de las entregas pasadas y un buen ejemplo de ello es que no falta el momento en que el narrador cree necesario mencionar que Robin es en realidad Dick Grayson (o viceversa).  En Masterworks existe una continuidad más concreta en donde casa capítulos influye directa o indirectamente en otros dentro de su misma serie como en la de otros héroes creados por Stan Lee (Iron Man, Los 4 Fantásticos, etc.) quien además como narrador tiene la buena costumbre de, por si la memoria le falla al lector, mediante una burbuja de texto, hacerle recordar qué números anteriores debe consultar. De paso, obvio, este universo es un incentivo para la compra de todos los cómics posibles de Marvel y estar así al tanto de su total desarrollo.
Y por otro lado está el dilema de ser un héroe, dilema que el Batman actual sí padece y que se manifiesta, poniéndolo simple, en la dualidad del alegre playboy Bruce Wayne y la seriedad y amargura de su contraparte enmascarada, pero en Golden Age Bruce Wayne es siempre él mismo con o sin máscara, y es más, pareciera que disfruta ponerse el traje de murciélago para salir de aventuras cada noche. En Masterworks la personalidad de Peter Parker tampoco cambia al ponerse el traje pero el llevar una doble vida sí le plantea un dilema que lo mantiene en constante tensión y que le impide disfrutar su adolescencia y ser feliz al punto que en varias oportunidades se pregunta así mismo si vale la pena siendo el recuerdo de la muerte de su tío Ben lo que le hace descartar finalmente la idea de abandonar la responsabilidad de proteger a su comunidad.
No es mi intención hacer comparaciones sino señalar algunos aspectos que demuestran la evolución de la narrativa en los cómics en los más de 20 años de diferencia que hay entre la primera aparición de Batman (1939) y la de Spider-Man (1962).
Regresando a Peter Parker y su personalidad, una de las cosas que más me sorprendió fue descubrir que no es un nerd pusilánime como en otras adaptaciones se le ha retratado. Es un nerd, sí, pero pusilánime definitivamente no: le sobra carácter y usa justamente su elevado intelecto para responder con comentarios harto mordaces las burlas de cualquier bully, que no sé si sea algo de la época o una cuestión de censura, en el Spider-Man de los 60 la forma por excelencia de bullying es el abuso verbal y no el físico.
Adoraría poseer estas colecciones en formato físico pero sus precios están por las nubes (lo que es lógico porque cada tomo, de tapa dura y a todo color, es de más de 200 páginas) así que he tenido que recurrir al formato digital que tiene al menos la obvia ventaja de la portabilidad. No es el formato ideal pero es una opción que te recomendaría, en especial con las buenas y habituales ofertas de tiendas digitales como Comixology donde cada tomo me costó solo 5 dólares.

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domingo, 4 de agosto de 2019

Acerca de “La Vida Exagerada de Martín Romaña” de Alfredo Bryce Echenique



¿Es realmente así de exagerada la vida de Martín Romaña o todo es pura exageración suya? Pues yo prefiero creer lo primero, que sí, las cosas le han pasado tal cual él las cuenta, y de que es posible, para bien o para mal, que uno pueda tener una vida así de intensa e impredecible como la de él, un peruano que llega a París a mediado de los 60 con toda la intención de convertirse en escritor sin imaginarse que escribir sería lo que menos haría. Es al menos una vida de lo más provocativa para el lector que se va enterando de ella, no así necesariamente para el que la vive porque cuando a Martín Romaña le toca sufrir (ya sea por el amor, la muerte o las hemorroides u otras circunstancias) sí que lo hace y mucho, y es justamente un estado de sufrimiento, que lo sumerge en una melancolía “blue blue blue” (como él la llama), el que lo motiva a escribir y a contar su historia, cómodamente sentado en un sillón Voltaire, en un cuaderno azul, el primero de dos cuadernos. Pero tampoco se trata de que uno, como lector, disfrute del sufrimiento del protagonista de “La Vida Exagerada de Martín Romaña” como si de un villano se tratara, porque lejos de eso Martín es un personaje entrañable que sabe sufrir con “gracia” (la forma en que denomina a su melancolía es un ejemplo de ello) siendo consecuente con su personalidad que no es la de un irritante tipo optimista que trata siempre de verle “el lado amable” a todo, sino la de alguien que dice de sí mismo “me molesta molestar” pensando en las personas que lo rodean y también, inconscientemente, en el posible lector de sus memorias.
Es cierto que la comunicación con éste es a través de páginas muy bien escritas pero se siente más como una conversación en donde Martín Romaña cuenta y el lector “oye” atento, y cuando no lo está tanto y se pierde ocasionalmente, algo normal tratándose de una narración de estilo oral en la que lo espontáneo predomina sobre lo estructurado, el lector tiene que retroceder un par de párrafos como quien interrumpe brevemente al narrador para pedirle que le vuelva a contar, o a explicar, esto o aquello. Sin ser para nada algo grave es el mayor y único punto en contra que le encuentro a la novela que por lo demás fluye y se deja leer sin problemas a pesar de sus casi 600 páginas. Existe otra “queja” pero que fue producto de una ocurrencia curiosa. Leí la novela por primera vez hace casi 10 años y al momento de su relectura reciente pasaron dos cosas: la primera, que me había olvidado partes de ella; y la segunda, que atravesaba por un incómodo estado de ansiedad cuyo mejor remedio era alejar mi mente de los malestares concentrándose en algo placentero como videojuegos, música o leer. Y leer “La Vida Exagerada...” estaba siendo un verdadero placer hasta que la (redescubierta) endeble salud de Martín Romaña empieza a flaquear y algunos de sus malestares empeoraban mi ansiedad. No  me quedó otra que leer esas partes con un concierto de Queen al lado a full volumen, si no...
Si no tal vez no estaría ahora tratando de reseñar esta espléndida novela de Alfredo Bryce Echenique, a quien recién menciono (sin contar el título de este texto, obvio) porque si se trata de ficción, y en especial de la buena ficción, lo mejor que se puede hacer es creérsela, en este caso creer que Martín Romaña y su mundo existe. Además que está el hecho confuso y divertido de que el protagonista y “autor” (ojo con las comillas) es el alter ego del autor real (o sea sin comillas) pero a su vez éste, presentado dentro de la novela como el “pérfido” Bryce Echenique, es un personaje que, si bien bastante secundario, siempre que aparece es para convertirse en otro dolor de cabeza para el pobre Martín.
Otra curiosidad es como aun gustándome luego de su lectura me gustó incluso más luego de leer su continuación: “El Hombre que Hablaba de Octavia de Cádiz”, porque me hizo apreciar las virtudes presentes en el cuaderno azul y que brillan por su ausencia en este cuaderno de color rojo; empezando por el personaje de Martín mismo, protagonista en ambas pero eje de la historia sólo en la primera novela. En ella es Martín quien está en el centro de todas las situaciones exageradas en las que se desenvuelven toda una gama de personajes tan variados como memorables: su esposa Inés, sus amigos revolucionarios, su psiquiatra… teniendo como telón de fondo la intimidad de su humilde departamento parisino en el que su matrimonio se va cayendo a pedazos; una París al borde del colapso durante las revueltas de mayo del 68; distintos hospitales y sanatorios a donde acude para curar sus males físicos y mentales… Y esta riqueza argumental parece continuar, o incluso expandirse, en los primeros capítulos de “El Hombre que Hablaba...” hasta que aparece Octavia, una jovencita universitaria de 18 años descendiente de la nobleza y alumna del curso de Literatura de Martín, para robarse el show, lamentablemente no para bien. Aunque más que una aparición se trata de una revelación. Octavia ya aparece en “La Vida Exagerada...” como menciones ocasionales por parte de Martín, lo suficientemente significativas como para que quede claro que él, mientras cuenta su vida, la ama y la tiene en su mente constantemente. Esta presencia enigmática se vuelve real en la novela que lleva su nombre y ahora todo gira alrededor de ella en un contexto y con unos personajes (en su mayoría) aristocráticos mucho menos interesantes que el de la novela que la precede.
De todas formas hay que leer “El Hombre que Hablaba de Octavia de Cádiz” para saber como se resuelve finalmente la vida de Martín. Conservarlo en tu biblioteca tal vez no. El imprescindible del díptico “Cuaderno de Navegación en un Sillón Voltaire” (nombre completo de esta saga) definitivamente es “La Vida Exagerada de Martín Romaña”. Otro libro del autor para tu biblioteca como un extra podría ser “Magdalena Peruana y otros cuentos” que incluye el cuento “Una carta a Martín Romaña” en donde se añaden datos sobre Martín y otros personajes. En fin que con Bryce no hay pierde, es un magnífico escritor y considero “La Vida Exagerada...” su mejor novela, y decir eso sabiendo que “Un Mundo para Julius” suele ser su obra más aclamada es decir mucho.

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jueves, 16 de mayo de 2019

Acerca de “The Legend of Zelda: A Link to the Past”



Por aquellos días una tía y su hijo de 5 años habían venido a pasar unas semanas a mi casa. Con “mi casa” quiero decir el lugar en el que mi mamá, mis hermanos y yo vivíamos, y con “tía” sólo trato de simplificar las cosas porque en sí era la esposa de un primo de mi mamá y no estoy seguro de la denominación que recibe este tipo de parentesco.
Mi tía tenía un problema en el oído y estaba en tratamiento y la última etapa de éste debía seguirlo aquí en la capital, y claro, teniendo un hijo pequeño lo mejor era traérselo consigo. Hasta acá ningún problema salvo por el hecho de que al niño le gustaba estar pegado a mí, y esto porque cuando yo no estaba encerrado en mi cuarto haciendo algo importante estaba en la sala jugando con mi super nintendo, y todos los colores y sonidos que suelen producir los videojuegos le debían de llamar mucho la atención.
Antes de que me acuses de ogro, quiero que sepas que lo intenté, realmente intenté jugar con él o enseñarle cómo pero es que simplemente era muy pequeño y el nivel de sincronización necesaria entre sus ojos y dedos aún no la tenía, y peor con mis juegos que eran para adolescentes en adelante. Igual el niño nunca se desanimaba.
Era 1998, yo estaba en 4to de secundaria y aunque no recuerdo bien a qué meses me estoy refiriendo debía de ser invierno porque recuerdo un clima frío y una completa ausencia de sol. Además aquel super nintendo que mencioné no era mío en el sentido de que no lo había comprado con mi plata o con la de mi mamá, sino que había sido un regalo de unos primos a modo de deshacerse de algo que no podían llevar a su viaje-mudanza al Japón un año atrás. Junto con la consola me dejaron Super Mario World, Street Fighter 2, International Superstar Soccer y otros juegos de esos estilos, y por aquella modesta librería no pasaría otro nuevo título hasta que, poco antes de la llegada de mi tía, un amigo de colegio me prestó The Legend of Zelda: A Link to the Past.
La única referencia que tenía de ese juego (y de la saga en general) estaba justamente al reverso de la caja de aquella consola: unas cuantas imágenes y una breve reseña (junto con las de otros juegos) que sí, se veían y sonaban más que interesantes pero ya desde entonces, por más que jugar videojuegos era uno de mis hobbies favoritos, no me dejaba llevar por el “hype” por la simple razón de que de nada me servía emocionarme si al final no iba a tener la plata para comprar lo último o lo más solicitado. Por ejemplo, yo vivía feliz y sin problemas con mi “vieja” super nintendo y sin urgencia de más en una época en la que ya era cosa del pasado y la Sony Playstation y la Nintendo 64 eran las actuales consolas de moda (mucho más la primera que la segunda).
Fue en ese contexto que el juego que se convertiría en mi favorito de todos los tiempo llegó a mis manos. Como no soy crítico de videojuegos tratar de enumerar sus virtudes resultaría en una descriptiva lista, tediosa de armar y peor aún de leer. Así que lo resumiré todo en una sola palabra: “aventura”. Nunca antes con un videojuego había sentido la sensación de estar en medio de una aventura. Siempre había tenido el objetivo delante de mí cuando se trataba de vencer a mi oponente o el objetivo estaba al final del tramo de un nivel. Ahora, con A Link to the Past, nada era así de evidente y si quería progresar o saber qué hacer a continuación tenía que estar atento a una historia que era mucho más compleja de lo que estaba acostumbrado, dialogar con otros personajes y, lo mejor y más emocionante, explorar un mundo que por aquel entonces se me hacía inmenso y lleno de innumerables posibilidades. Y sentía todo esto con tan solo haber jugado sus primeras horas. Era obvio que estaba en pleno enamoramiento pero como toda historia de amor que valga la pena las cosas no podían ser así de fáciles; con aquel primito lejano a mi alrededor me era imposible jugar con la fluidez suficiente como para disfrutar el juego a plenitud.
Pero tampoco quería quedar como un quejumbroso así que nada de esto se lo comenté a mi tía o a mi mamá. Se me ocurrió entonces un plan para lidiar con esta situación que pueda que te parezca más una cobarde huida. En mi defensa diré que el plan implicaba dos importantes sacrificios que a mi parecer no tienen nada de cobardes. El primero consistía en sacrificar mis horas de juego en las tardes (horas de juego para cuando estaba libre de cualquier otra actividad), las que pasaba en la sala de mi casa porque ahí estaba uno de los dos televisores que teníamos (el otro estaba en el cuarto de la jefa del hogar, o sea en el cuarto de mi mamá). Y para este sacrificio me quedaba en el colegio más horas de las necesarias, haciendo algo útil o perdiendo el tiempo, el asunto era regresar tarde a casa y visiblemente cansado para que así nadie dudara de la necesidad de encerrarme en mi cuarto a descansar. El segundo sacrificio fueron mis horas de sueño de los fines de semana, porque si no podía jugar de lunes a viernes tenía que ser los sábados y domingos, y a unas horas en las que fuera prácticamente imposible que alguien me pudiera interrumpir: las madrugadas. Me acostaba los viernes y sábados a eso de las 11 de la noche y en circunstancias normales me levantaba al día siguiente a las 11 de la mañana. Ahora tendría que dormir la mitad y lo hice. A las 5 de la mañana estaba despierto y empezaba mis cuidadosos y sigilosos preparativos: salir de la cama, luego de mi cuarto, llegar a la sala y encerrarme en él con las luces apagadas, prender la tv y el super nintendo asegurándome de que el sonido estuviera bien bajo. Listo, a jugar y con la misma cautela regresaba a mi cuarto antes de las 9 de la mañana, hora en la que solían despertar mi tía y su hijo.
El primer fin de semana fue un éxito, pero lo mejor llegaría al siguiente. (Si estás llevando la cuenta de las horas que me está costando terminar A Link to the Past y te parece que es un juego que no requiere tantas, te confieso que, irónicamente, nunca he sido particularmente bueno en videojuegos). Sucedió el sábado. Eran pasadas la 5 y media de la mañana cuando derroté al hechicero Agahnim quien, antes de darse por vencido, con lo poco que le quedaba de energía me envió (a Link, el protagonista, pero soy yo quien lo controlaba, obvio) al Dark World, que no era más que el mismo mundo que había estado recorriendo, solo que el predominante paisaje primaveral que lo caracterizaba era ahora sombrío (“dark”) y sus tonalidades verdes habían sido reemplazadas por marrones como si se tratara de un tenebroso otoño; la música alegre pasaba a ser misteriosa y donde antes había casas ahora quedaban ruinas. Pero lejos de asustarme me fascinaba el rumbo inesperado que estaba tomando la aventura. Fue en ese momento que todo se hizo uno: el videojuego, yo y lo que me rodeaba. Porque por las ventanas, a través de sus cortinas traslúcidas y semiabiertas, los colores típicos de un amanecer de invierno empezaban a inundar la sala, me refiero específicamente a los colores que se dan en ese preciso intervalo en que es indeterminado si todavía es de noche o si ya es de día, donde lo oscuro se torna en una mezcla de azul con gris, mezcla que combinaba a la perfección con este inhóspito Dark World y mis primeros pasos en él. Fue un momento de inmersión total, algo simplemente mágico.
Días después, para cuando devolvía la Master Sword (el arma más sagrada) a su lugar de origen en las profundidades del bosque encantado, mi tía, sana, salva y recuperada, y su hijo ya habían regresado previamente a su ciudad de residencia así que esa escena final del juego la viví una tarde cualquiera de mitad de semana. Y todo volvió a la normalidad... Bueno, no todo: un nuevo fan de “Zelda” había nacido y aunque a estas alturas algunos podrían poner en duda mi condición de fan porque no me he jugado todos los juegos de la saga, yo me siento tranquilo con mi conciencia, y con esa misma tranquilidad de conciencia, pero emocionado por lo que iba a ocurrir, fui un día, hace un par de años, a que me hicieran mi primer y único tatuaje hasta la fecha: una trifuerza (el símbolo por excelencia de esta saga) en mi antebrazo izquierdo.


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